El hippie y el árbol (Opinión)

El hippie y el árbol

por Charly Astorelli

Desde que trabajo como periodista en San Marcos Sierras, mi teléfono ha sonado con llamados de vecinos contádome cosas variadas: abusos policiales, dentistas que cobran caro, guisos de lentejas sin chorizo colorado, negocios que venden paquetes de harina adulterados y a precios desopilantes, intoxicación de menores en las escuelas, infidelidades, falta de agua, desidias municipales, desmontes ilegales, corruptelas de diversa índole y un largo etcétera que usted, querido lector, no quisiera volver a escuchar.

Pero lo que más ha desgastado las leds de mi teléfono, lo que más me ha roto el litio de las baterías, han sido las llamadas de personas que solo ven los árboles que se cortan y no los que se caen. En efecto: si sumáramos los costos que se pagaron por esas llamadas, yo creo que podríamos financiar el preocupante déficit de la Municipalidad en este 2012 que ya exala su último aliento, lo que asciende a más de 600 mil pesos… O lo que es peor, se podría haber financiado la reforestación de todo el noroeste cordobés, incluso con algún vueltito para la birra y el asadito de falda y morci a que tan acostumbrados nos tienen la inflación y el costo de la costilla, que no baja de 45 p por más que uno se esfuerce.

Lo que subyace a estas preocupaciones forestales es una suerte de conciencia ecológica y ambientalista en el tono de quien las enuncia que me provoca. Porque puede haber quien tenga un criterio cuestionable a la hora de decidir cortar un árbol, pero aunque me esfuerce al infinito por comprenderlo, no puedo asimilar la preocupante problemática de los desmontes que vive nuestro país -y muy en particular, la provincia de Córdoba-, con la importancia relativa de cortar un árbol que puede caerse al menor soplido, o de podar una rama que impida levantar una pared, incluso aunque esa pared sea para un bungalito.

Y no soy, claro está, el único que sufre este estrabismo de quien siempre ve el árbol que se corta y no el que se cae. ¿Será que la poda que no deja ver el bosque? En 2010, sin ir más lejos, el vecino Cataudela estaba construyendo sus departamentos nuevos sobre la San Martín, y debió atender amablemente a unos vecinos preocupados que también amablemente reclamaban por la tala de una hilera de álamos que recorrían la acequia… El álamo, estimado “ambientalista”, es un árbol que tiene una raíz demasiado corta para su porte, lo que a determinada edad lo vuelve débil a causa de la sequía y de los vientos. Si no pregúntele al nieto del Chufle Díaz, que hace algunos años caminaba por la tirada larga con su familia y se le cayó uno encima, dejándolo al borde de la muerte.

Lo mismo puede decirse del aguaribay, que extiende esas ramas gruesas perpendiculares y que no pocos problemas han causado: en el 2006, justo donde iba a armar la Rimbombanda para tocar en la plaza al lado del monolito -y a la misma hora en que debían estar ahí si el concierto no se hubiese suspendido- se cayó una ramotota que papitidió lo que hubiera sido. O en la misma cuadra, este año 2012, cuando una rama de otro aguaribay pariente del anterior, le rompió el techo a la camioneta de los chicos de Argimón…

Por eso, a veces más vale preguntarse por qué el vecino, el Consorcio Caminero o la Secretaría de ambiente no se encargan como debe ser de la poda de sus árboles, antes de pensar que salvando a un álamo o a un aguaribay medio seco, se protege a la flora local. De todas maneras ahora ya sabe, si ve a alguien cortando un árbol, puede averiguar mi teléfono.

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